jueves, 16 de abril de 2020
VERSOS DE LA PANDEMIA
Gobierna un silencio
de cristal.
La casa se agranda
y se encoge por horas.
La calle respira vacío
y miedo al igual.
¿Dónde están las personas?
pregunta un semáforo.
Recluídos y atemorizados
contesta el gorrión.
La peste del futuro
se ha hecho presente
y nos mata
y nos confina
para siempre
desde mañana.
martes, 24 de marzo de 2020
Solo los locos hablan solos
Luisa sintió de nuevo la soledad.
No era una sensación nueva, la conocía de sobra, pero en los últimos días se había
incrementado su frecuencia e intensidad.
Llevaba más de diez años viuda. Sus dos hijas vivían en la ciudad a casi una hora en coche, aunque solían juntarse los domingos para comer y entonces traían a sus cinco nietos y al yerno
que le quedaba pues el otro se había separado de la pequeña.
Ahora no podían juntarse, la maldita pandemia había conllevado el tenebroso confinamiento en casa.
Apenas salía una vez de casa a la semana, para comprar algo de comida y pasarse por la farmacia que siempre era necesaria alguna medicina.
Así que allí estaba, sola en aquella tarde de domingo austera y triste, el sol se iba escondiendo en el horizonte y una luz cobriza se colaba por el ventanal del comedor. La televisión estaba
apagada, solo hablaban del coronavirus, mejor dicho se gritaban los unos a los otros, ahora era el coronavirus como antes fue Franco. Ay Franco, si su José hubiera visto lo que pasaba
últimamente no se lo habría creído.
Habría refunfuñado algo sobre los niñatos de hoy, que no saben lo que es una guerra, ni lo que es trabajar de sol a sol, no sabe nada salvo gritarse los unos a los otros.
Ay su José si estuviera allí esa tarde de domingo con ella. Volvió su mirada hacia la vieja butaca, su butaca, allí leía su periódico cada mañana, allí se quedaba dormido cada tarde con el cigarro colgando de los labios que sólo Dios sabe cómo no salieron ardiendo cualquier día.
Allí se lo imagina ahora, que la observa en silencio y se pregunta por qué está tan apagada, tan triste, tan callada. Tú, parece escucharle decir, que no paras nunca de hablar, que lo haces
hasta mientras duermes y ahora estás ahí silenciosa como una vieja radio sin pilas.
-¿Y qué quieres que haga? ¿Acaso pretendes que hable sola?
Y su José la mira con esa sonrisa suya tan burlona, la que se reservaba solo para ella y parece decirle sin apenas mover los labios; estar estarás sola, pero sentirte sola es cosa tuya, porque
si quieres yo te acompaño en esta tarde turbia.
-Mira que eres cabezón -refunfuñó la mujer al tiempo que se levantaba del sofá para dirigirse a la cocina, peló y cortó unas patatas para ponerlas en la sartén, luego batió unos huevos.
Cómo le gustaba la tortilla de patata a su José, durante décadas era la cena oficial de los domingos, ay como uno no tuviera patatas o huevos suficientes.
La cebolla bien frita como a él le gustaba y la tortilla poco cuajada, ese es su punto, no como sus hijas que la dejan muy seca, menos mal que ella le sobrevivió, si hubiera faltado ella qué
tortillas habría comido su José, la de sus hijas desde luego que no.
Cogió la foto en la que él estaba tan guapo, era en color, pero los años la habían decolorado hasta el sepia, la puso en la mesa de la cocina frente a ella.
Cogió uno de los pañuelos de su José que guardaba en el cajón no sabía muy bien por qué, le añadió unas gotas del perfume que usaba él, allí seguía el frasco huérfano.
Aspiró el aroma del pañuelo y cerró los ojos, sintió un escalofrío por todo su cuerpo, era él, su José estaba aquí de nuevo.
Depositó el pañuelo cerca de ella en la mesa y ambos cenaron tortilla de patata.
Luisa no paró de hablar, tanto que apenas comió nada, ella ya era de poco cenar. Le puso al día de todo, lo mayores que estaban los nietos, lo guapas que estaban sus hijas, incluso a la
pequeña le había sentado bien el divorcio del vago aquel.
Le contó lo del vecino, el pobre Raúl, que había muerto hacía un par de años también de cáncer, maldita enfermedad.
De lo del confinamiento y el coronavirus no quiso contarle nada, lo dejó para el próximo domingo en el que volvería a hacer tortilla de patata para él.
Esa noche colocó el pañuelo con el perfume de su José en su lado de la almohada y le acompañó toda la noche, casi podía sentir el calor de su cuerpo junto a ella.
Le deseó buenas noches y sonrió al pensar que solo los locos hablan solos.
-Sí, los locos, los locos de amor.
No era una sensación nueva, la conocía de sobra, pero en los últimos días se había
incrementado su frecuencia e intensidad.
Llevaba más de diez años viuda. Sus dos hijas vivían en la ciudad a casi una hora en coche, aunque solían juntarse los domingos para comer y entonces traían a sus cinco nietos y al yerno
que le quedaba pues el otro se había separado de la pequeña.
Ahora no podían juntarse, la maldita pandemia había conllevado el tenebroso confinamiento en casa.
Apenas salía una vez de casa a la semana, para comprar algo de comida y pasarse por la farmacia que siempre era necesaria alguna medicina.
Así que allí estaba, sola en aquella tarde de domingo austera y triste, el sol se iba escondiendo en el horizonte y una luz cobriza se colaba por el ventanal del comedor. La televisión estaba
apagada, solo hablaban del coronavirus, mejor dicho se gritaban los unos a los otros, ahora era el coronavirus como antes fue Franco. Ay Franco, si su José hubiera visto lo que pasaba
últimamente no se lo habría creído.
Habría refunfuñado algo sobre los niñatos de hoy, que no saben lo que es una guerra, ni lo que es trabajar de sol a sol, no sabe nada salvo gritarse los unos a los otros.
Ay su José si estuviera allí esa tarde de domingo con ella. Volvió su mirada hacia la vieja butaca, su butaca, allí leía su periódico cada mañana, allí se quedaba dormido cada tarde con el cigarro colgando de los labios que sólo Dios sabe cómo no salieron ardiendo cualquier día.
Allí se lo imagina ahora, que la observa en silencio y se pregunta por qué está tan apagada, tan triste, tan callada. Tú, parece escucharle decir, que no paras nunca de hablar, que lo haces
hasta mientras duermes y ahora estás ahí silenciosa como una vieja radio sin pilas.
-¿Y qué quieres que haga? ¿Acaso pretendes que hable sola?
Y su José la mira con esa sonrisa suya tan burlona, la que se reservaba solo para ella y parece decirle sin apenas mover los labios; estar estarás sola, pero sentirte sola es cosa tuya, porque
si quieres yo te acompaño en esta tarde turbia.
-Mira que eres cabezón -refunfuñó la mujer al tiempo que se levantaba del sofá para dirigirse a la cocina, peló y cortó unas patatas para ponerlas en la sartén, luego batió unos huevos.
Cómo le gustaba la tortilla de patata a su José, durante décadas era la cena oficial de los domingos, ay como uno no tuviera patatas o huevos suficientes.
La cebolla bien frita como a él le gustaba y la tortilla poco cuajada, ese es su punto, no como sus hijas que la dejan muy seca, menos mal que ella le sobrevivió, si hubiera faltado ella qué
tortillas habría comido su José, la de sus hijas desde luego que no.
Cogió la foto en la que él estaba tan guapo, era en color, pero los años la habían decolorado hasta el sepia, la puso en la mesa de la cocina frente a ella.
Cogió uno de los pañuelos de su José que guardaba en el cajón no sabía muy bien por qué, le añadió unas gotas del perfume que usaba él, allí seguía el frasco huérfano.
Aspiró el aroma del pañuelo y cerró los ojos, sintió un escalofrío por todo su cuerpo, era él, su José estaba aquí de nuevo.
Depositó el pañuelo cerca de ella en la mesa y ambos cenaron tortilla de patata.
Luisa no paró de hablar, tanto que apenas comió nada, ella ya era de poco cenar. Le puso al día de todo, lo mayores que estaban los nietos, lo guapas que estaban sus hijas, incluso a la
pequeña le había sentado bien el divorcio del vago aquel.
Le contó lo del vecino, el pobre Raúl, que había muerto hacía un par de años también de cáncer, maldita enfermedad.
De lo del confinamiento y el coronavirus no quiso contarle nada, lo dejó para el próximo domingo en el que volvería a hacer tortilla de patata para él.
Esa noche colocó el pañuelo con el perfume de su José en su lado de la almohada y le acompañó toda la noche, casi podía sentir el calor de su cuerpo junto a ella.
Le deseó buenas noches y sonrió al pensar que solo los locos hablan solos.
-Sí, los locos, los locos de amor.
viernes, 20 de marzo de 2020
BUELO
Otra mañana más Pablo se levantó y se dirigió directamente a
la ventana de su cuarto, desde allí vio que llovía, pero poco, así que fue a
buscar a sus padres a los que encontró en la cocina desayunando.
-Buelo -dijo con la cara de ilusión que solo sabe poner un
niño de tres años.
Los padres de Pablo se miraron en silencio mientras el niño
aguardaba una respuesta de pie frente a ellos.
-Todavía llueve cariño, hoy no podemos ir a ver al abuelo.
Pablo enfurruñado regresó a su camita y se tumbó boca abajo
deseando que aquel día pasara cuánto antes para que por fin llegara el ansiado
día en el que ya no lloviera y por fin pudiera ir a ver a su abuelo.
A la mañana siguiente el pequeño Pablo repitió el ritual, se
levantó de la cama y miró por la ventana. Estaba nublado sí, pero no se
apreciaba lluvia, así que una mañana más buscó a sus padres. Encontró a su
madre en el baño.
-Buelo -dijo en tono amistoso.
La madre se negó a mirar a su hijo para evitar cruzar sus
miradas al responder.
-Todavía llueve amor, poco, pero todavía llueve.
Pablo no dio por buena aquella respuesta y se fue en busca
de su padre, al que encontró en la cocina.
-Buelo -dijo sonriendo con dudas.
-Todavía llueve, cariño.
Pablo lloró y lloró. Lloró ese día y el siguiente y el
siguiente.
Cuando dejó de llover, sus padres le dijeron que había
charcos y que por tanto había que esperar a que se secaran.
Cuando salió el sol que debía secar los charcos le dijeron
que fuera hacía mucho frío y que había que esperar a que el sol calentara más.
Hasta que una mañana Pablo se asomó a la ventana y vio que algo
había cambiado en la calle, no llovía, no había charcos, el sol reinaba en el
cielo, pero sobre todo había gente, mucha gente. Madres con niños de la mano,
niños mayores con bicis y gente de todo tipo que pisaban la calle como si lo
hicieran por primera vez.
Pablo buscó a sus padres, se los encontró en el pasillo y les
exigió una sola cosa; “Buelo”, su tono fue tan rotundo que ambos rieron y
aceptaron.
Mientras caminaban los pocos metros que separaban su casa y
la del Buelo, Pablo iba por delante de ellos marcando un ritmo endiablado para
sus cortas piernecitas.
No tuvieron ni que llamar a la puerta, unos metros antes de
llegar a la casa del abuelo la puerta se abrió y allí apareció su Buelo
abriendo los brazos para envolver a su nieto.
Éste corrió como no si le fuera la vida en ello y casi tiró
al suelo con su ímpetu a su Buelo.
Los padres de Pablo contemplaban felices la escena mientras
se preguntaban el motivo del ansía de su pequeño por ver a su Buelo, la madre
creía que se debía a las piruletas que le daba siempre que le veía, el padre
hubiera apostado a que se debía a las cosquillas que le hacía y que le hacían
gemir de puro placer.
Pero Pablo sabía que el secreto era otro, algo tan sencillo
como el poder sentir su menudo cuerpo abrazado por su Buelo, sentir su olor
único, su respiración junto a la suya, para él aquel era el mejor lugar del
mundo, allí el tiempo se detenía y sentía aquello tan maravilloso que no se
puede describir más que con dos palabras; la vida.
jueves, 19 de marzo de 2020
ALZHEIMER A LOS CUARENTA
Hoy ve la luz mi última novela, Alzheimer a los cuarenta.
Está inspirada en hechos reales, aunque la mayoría de los nombres están cambiados todo lo relacionado con el calvario médico para obtener un diagnóstico es real, así como la mayoría de situaciones relacionadas con la enfermedad. Lo que es pura ficción son las subtramas que han sido creadas para que la historia obtenga forma de novela.
Lo que más me interesó de esta historia es poder contar desde dentro lo que es la enfermedad del Alzheimer para una persona joven, para alguien que está en su plenitud laboral con un buen empleo, y que familiarmente está muy alejado de lo que por lo general relacionamos con el Alzheimer, el protagonista de esta historia tiene un hijo de siete años cuando arrancan los primeros síntomas.
Precisamente esos primeros síntomas le aparecen cuando está preparando el maratón de Nueva York, por lo que hablamos de un persona deportista, que se cuida y que lo último que espera es que sus despistes en la fase inicial de la enfermedad estén relacionados con el Alzheimer.
Contar el punto de vista del enfermo, así como el de su esposa espero que puedan servir para entender mejor esta enfermedad, sobre todo en el caso de los familiares de enfermos de esta patología que en muchas ocasiones no entienden lo que les sucede a sus seres queridos.
Ojalá esta obra aporte su granito de arena a dar visibilidad a esta cruel enfermedad que no sólo afecta a personas de avanzada edad, sino que cada vez más, golpea a personas jóvenes.
Está inspirada en hechos reales, aunque la mayoría de los nombres están cambiados todo lo relacionado con el calvario médico para obtener un diagnóstico es real, así como la mayoría de situaciones relacionadas con la enfermedad. Lo que es pura ficción son las subtramas que han sido creadas para que la historia obtenga forma de novela.
Lo que más me interesó de esta historia es poder contar desde dentro lo que es la enfermedad del Alzheimer para una persona joven, para alguien que está en su plenitud laboral con un buen empleo, y que familiarmente está muy alejado de lo que por lo general relacionamos con el Alzheimer, el protagonista de esta historia tiene un hijo de siete años cuando arrancan los primeros síntomas.
Precisamente esos primeros síntomas le aparecen cuando está preparando el maratón de Nueva York, por lo que hablamos de un persona deportista, que se cuida y que lo último que espera es que sus despistes en la fase inicial de la enfermedad estén relacionados con el Alzheimer.
Contar el punto de vista del enfermo, así como el de su esposa espero que puedan servir para entender mejor esta enfermedad, sobre todo en el caso de los familiares de enfermos de esta patología que en muchas ocasiones no entienden lo que les sucede a sus seres queridos.
Ojalá esta obra aporte su granito de arena a dar visibilidad a esta cruel enfermedad que no sólo afecta a personas de avanzada edad, sino que cada vez más, golpea a personas jóvenes.
jueves, 9 de enero de 2020
LUZ DE DICIEMBRE
La luz de diciembre
Es tímida siempre.
Ilumina casi sin ganas
Con nubes y nieblas.
De atardeceres rojizos
Para jóvenes enamoradizos.
Enamórate en diciembre
Y amarás para siempre.
Es tímida siempre.
Ilumina casi sin ganas
Con nubes y nieblas.
De atardeceres rojizos
Para jóvenes enamoradizos.
Enamórate en diciembre
Y amarás para siempre.
domingo, 22 de diciembre de 2019
NAVIDAD CON ALZHEIMER
Carmen miró de nuevo el cartón lleno de números en el que
había algunas fichas desparramadas, había vuelto a perder el hilo mientras
aquel cuidador tan estirado no dejaba de gritar un número detrás de otro.
-El cinco, cinco. El doce, uno dos…
Miró a su alrededor y
comprobó que no era la única que había perdido el interés en el juego, no tenía
claro si era el segundo o tercer bingo de la tarde, en cualquier caso, ya no le
interesaba a casi nadie, salvo a aquel viejo tan competitivo de pelo largo, no
recordaba su nombre pero le pegaba llamarse Salvador, o Evaristo, algo por el
estilo.
Algo más tarde, mientras veía la televisión en el salón
común, se le acercó aquella cuidadora tan encantadora que tenía esos ojazos tan
impresionantes. No se lo había dicho nunca, pero era la mejor de toda la
residencia, la más cariñosa y atenta, la única que parecía prestarle algo de
atención cuando hablaba de sus cosas, sabía escuchar y lo hacía con esa sonrisa
tan simpática, además le llamaba abuela, pero no de forma despectiva sino con
mucha ternura, el resto de cuidadores les llamaban por sus nombres y resultaba
tan impersonal, tan frío. Bueno, luego estaba aquella subdirectora que les
llamaba a todos “cielo” o “cariño”, pero sonaba artificial, como si en verdad no
recordara sus nombres.
La cuidadora de los ojos bonitos le dijo que le iba a dar un
paseo, a priori a Carmen no le apetecía mucho, fuera hacía aire y frío, pero se
dejó hacer, sobre todo cuando la subió a un coche, de ella se fiaba, con Marta
todo era agradable siempre.
-¿Dónde me llevas, hija? -Le preguntó ya en el coche.
-No va a pasar la nochebuena en la residencia, la llevo a un
sitio mejor.
-Anda, ¿qué hoy es nochebuena?, hija no sé ni en que día
vivo, creía que estábamos en los santos todavía.
Marta rio y le estrechó la mano, Carmen sintió el calor
sobre sus dedos, estaba tan desacostumbrada a las muestras de cariño que sintió
un escalofrío.
-Eres tan buena conmigo.
Marta sonrió con algo de amargura.
Tras varios minutos de trayecto llegaron a un pueblo, a
pesar de la oscuridad de la noche Carmen creyó reconocer la iglesia que los
recibió radiante a la entrada de la villa. No sabía ubicarla con certeza, pero
estaba casi convencida de que la conocía, pero estaba tan acostumbrada a meter
la pata que no dijo nada, se lo guardó para sus adentros, ya no tenía la cabeza
como antaño, se le olvidaban las cosas y otras directamente las mezclaba.
Un par de calles a la derecha y otro giro a la izquierda y
la cuidadora aparcó el coche junto a la puerta de una casa con muros de piedra.
-Qué casa tan bonita -reconoció Carmen nada más bajarse del
coche.
-Vayamos adentro que hace mucho frío.
Tras recorrer unos pocos metros de un pequeño jardín
entraron en la casa, Marta le volvió a coger de la mano lo que le tranquilizó
algo a Carmen que se sentía algo nerviosa.
-¿Dónde me traes, hija? ¿No será ésta tu familia, qué van a
pensar de ti que traes a una vieja a su cena de nochebuena?
Marta sonrió y le besó en la mejilla.
El olor de la
chimenea embriagó a Carmen, casi de inmediato dejó de sentirse como una
extraña, todo allí le era familiar, no sabía explicar por qué, pero se sintió
como en casa.
Fue como realizar un largo viaje sin mover los pies del suelo, un viaje en el tiempo que no en el espacio.
El olor del asado inundaba el salón comedor de su casa,
triunfante sujetaba la fuente con ambas manos y la depositó sobre la mesa que
presidía la estancia.
Juan, su marido, le pidió que se sentara la mesa que ya era
hora de que ella también cenara como los demás. Solo ella sabía que disfrutaba
más con todos aquellos preparativos para que todo estuviera perfecto para su
familia que con el hecho de cenar, ella no tenía hambre, el auténtico placer de
noches como aquella era tenerles a todos allí, escucharles hablar y reír, sus
voces quedarían impregnadas para siempre en las paredes y le reconfortaría
cuando llegaran tiempos peores, épocas de enfermedades incurables y frías
soledades.
Se sentó y miró a todos y cada uno de sus tres hijos, Juan
el mayor, Carlos el mediano y la pequeña María que tan traviesa fue siempre y
que ahora con los veinte ya cumplidos era toda una mujercita.
También estaba Lola, la mujer de Juan, un encanto de chica y
por supuesto su Juan, su marido, su compañero, su vida, por aquel entonces aún
no sabían lo del maldito cáncer, de haberlo sabido le habría prohibido fumar,
le habría quitado todo el tabaco y lo habría quemado en la chimenea.
Precisamente cerca de la chimenea jugaba su primera nieta,
apenas tres añitos, no pudo evitar levantarse y acercarse a ella.
-Hola abuelita -le dijo con su preciosa sonrisa.
-¿Qué haces pequeña?
-Jugar, ¿quieres jugar conmigo?
-Claro, cielo -respondió la abuela al tiempo que pensaba que
la niña había heredado los ojazos de su abuelo-. ¿A qué quieres que juguemos,
Marta?
La niña se limitó a cogerle de la mano y a sonreírle.
-Te quiero abuelita.
viernes, 15 de noviembre de 2019
FUERA LLUEVE
Fuera llueve
dentro café.
La lluvia resbala
por las mejillas
del cristal.
Los dolores de cabeza
están dentro
no fuera.
El café
no lo cura todo,
la lluvia tampoco.
dentro café.
La lluvia resbala
por las mejillas
del cristal.
Los dolores de cabeza
están dentro
no fuera.
El café
no lo cura todo,
la lluvia tampoco.
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