Fuera llueve
dentro café.
La lluvia resbala
por las mejillas
del cristal.
Los dolores de cabeza
están dentro
no fuera.
El café
no lo cura todo,
la lluvia tampoco.
viernes, 15 de noviembre de 2019
viernes, 25 de octubre de 2019
Tenemos futuro?
Agus entró en casa, refugio del frío exterior, acababa de limpiar el gallinero y de dar de
comer a las gallinas.
Añadió un leño a la chimenea para que la casa no perdiera calor y echó un ojo a las
lentejas, para su satisfacción estaban ya en su punto, solo les quedaba reposar uno
minutos y quedarían perfectas.
Miró el reloj de la cocina para asegurarse de que aun le quedaban unos minutos de
tregua antes de ir a recoger a las niñas a la escuela.
La tregua consistiría en sentarse en la mesa de la cocina junto al fuego aun caliente y
terminar de remendar los pantalones de su marido. Mientras lo hacía, el gélido viento
soriano golpeaba sin pudor las ventanas de madera y Agus suspiraba por él, temiendo el
frío que estaría pasando en el monte recogiendo miera, le conocía de sobra y sabía que
ni siquiera para comer se refugiaría en algún chozo.
Con el pantalón listo se levantó, revisó la chimenea y salió de la casa en busca de las
niñas, cerró la cancela y se encaminó cuesta arriba.
Se cubrió la cabeza para evitar el aire frío en las orejas, una tía suya murió de un
enfriamiento, le extrañó no encontrarse en la esquina con la Eulalia, quizás se hubiera
adelantado, siempre había sido un poco prisas, tenía que llegar la primera a todo, de lo
contrario se agobiaba la buena mujer.
Como hacía cada día atravesó por detrás de la casa de la Funes, evitando pasar por la
plaza, ya lo haría de vuelta de la escuela por la tienda de la Reme para comprar el pan,
si lo hacía antes la entretendría y llegaría tarde para recoger a las niñas.
Al girar en la calle de la escuela le sorprendió el silencio, a esa hora ya se escuchaba la
algarabía de los escolares, por el contrario, el silencio era total, no le tranquilizó no ver
a nadie en la puerta de la escuela, no es que no estuviera la cagaprisas de la Eulalia, es
que no esperaba nadie. Temió haberse equivocado de hora, o llegaba muy pronto o muy
tarde.
Se detuvo frente a la puerta y se quedó petrificada, era la escuela del pueblo, pero no
era. Estaba mucho más vieja que aquella misma mañana, aparentaba estar abandonada,
los hierbajos crecían por todo el muro, la cancela estaba vieja y oxidada, se asomó para
ver a través de ella, el edificio de ladrillo estaba aun peor, los pocos cristales que
sobrevivían estaban rotos, un par de persianas palidecían descolgadas y con agujeros en
los que cabían dos dedos. El cartel de “Escuela” luchaba contra el tiempo sin esperanza
y con las letras casi borradas por completo.
Agus notó que le temblaban las piernas y tuvo que agarrarse a la puerta para no caerse
de bruces, sintió que le faltaba el aliento, miró en derredor para descubrir que todo había
cambiado, era otro lugar, otro pueblo.
Trató de calmarse, no era otro, era su pueblo, pero cambiado, las casas y las calles
seguían en su sitio, pero al mismo tiempo todo era distinto.
Y estaba ese silencio ensordecedor, solo roto por las bocanadas del viento helado.
Con el corazón latiendo descontrolado trató de rehacerse y volver sobre sus propios
pasos, ahora sí pasaría por la plaza, confiaba en que al menos la Funes estuviera en su
tienda que también hacía las veces de bar.
Nada más llegar a la plaza la campana del reloj de la iglesia anunció que eran la dos de
la tarde, al menos la iglesia seguía en su sitio dando las horas, sintió algo de alivio por
ello.
Se detuvo a unos pasos de la tienda de la Funes, también estaba cerrada, sobre las
ventanas selladas habían aparecido unas rejas metálicas, lo carteles de “Tienda” y Bar”
habían desaparecido por completo, tan solo quedaban en la piedra los agujeros que los
anclajes habían dejado.
A unos cincuenta metros estaba ubicado el edificio del ayuntamiento regido por Don
Carlos, pero desde allí Agus observó que, aunque el letrero permanecía, el edificio
aparentaba también estar abandonado y cerrado.
Agus no era una mujer que acostumbrara a tener miedo, había criado a sus cinco hijas
con la única ayuda del espíritu santo y es que los hombres ya se sabe que trabajan todo
el día en el campo y cuando vuelven están muy cansados.
Cuando su madre cayó enferma cuidó de ella hasta que el Señor se la llevó con él sin
quejarse ni una sola vez.
Ella le enseñó que no hay que tener miedo a nada, ni siquiera a la muerte, porque
cuando ésta llega debes tener la conciencia limpia y las manos cansadas. Y de las
enfermedades lo mismo, hoy duelen los huesos y mañana también, no es excusa ni
temor, mientras el sol siga saliendo por el Este hay que seguir con la lucha diaria.
Sin embargo, aquello era distinto, tenía el estómago encogido, las manos temblorosas y
un sudor frío le recorría la nuca.
Recorrió el pueblo de arriba abajo en busca de alguien, pero no vio a nadie, las casas
estaban allí como lo habían estado esa misma mañana, pero era como si les hubiera
caído un barniz de un siglo encima, todo estaba viejo y abandonado.
Ni siquiera don Gregorio, el médico, estaba en su casa. Desesperada regresó a la suya,
incluso ésta le pareció más envejecida, se dirigió a la parte trasera donde tenía el
gallinero y allí seguía, pero sin rastro de vida, ¿dónde estaban las gallinas que ella
misma había alimentado un par de horas antes?
Ya en el interior de su casa al menos las lentejas permanecían donde ella las había
dejado, aguardaban a sus hijas que no estaban, habían desaparecido junto con el resto
del pueblo y quien sabe si del mundo entero, tal vez ella era la última superviviente del
planeta.
Pensó en coger algo de dinero e ir a llamar por teléfono a la Guardia Civil, pero recordó
que el único teléfono del pueblo estaba en el ahora destartalado bar.
Mareada y aturdida se echó sobre su cama, con suerte no se trataría más que de una
pesadilla y se despertaría de nuevo en su casa con sus hijas, su marido y su vida tal y
como la había dejado esa misma mañana.
Apenas se quedó traspuesta unos minutos, sin embargo, se despertó con la boca seca
como si hubiera dormido una larga y áspera siesta, por eso no le gustaba echárselas, no
le sentaban bien, al contrario que su marido que los domingos dormía de la comida a la
cena.
Le costó incorporarse de la cama, le dolía la espalda y las piernas las sentía pesadas y
torpes, se dirigió a la cocina con la intención de prepararse un café, un buen café
siempre viene bien.
Al entrar en la cocina se encontró con su hija Clara, aunque no “era” ella exactamente.
La muchacha estaba pintando un cuadro de la cocina de leña, era Clara, pero unos años
más mayor, en lugar de doce años tendría por lo menos veinte, y su cara no era la
misma, había rasgos que no eran de ella, y estaba el pelo, Clara siempre lo llevaba largo
y recogido y ahora lucía una media melena extraña.
Se quedó quieta observándola desde el quicio de la puerta, la joven se giró hacia ella y
le ofreció una enternecedora sonrisa.
-Te has echado una siesta -le informó como si ella no lo fuera a saber.
-¿Qué haces?
-Estoy pintando esta vieja cocina.
-Tampoco es tan vieja -gruñó.
Agus no sabía si prepararse el café como si nada o preguntarle a Clara qué estaba
pasando. Finalmente se acercó hasta la cafetera y comenzó a preparar café, dudó si
hacer solo para ella, al fin y al cabo, aquella Clara ya no era una niña.
-¿Quieres café? -Preguntó al fin.
-No, gracias. Preferiría comer antes estas magníficas lentejas que has preparado, ¿tú has
comido ya?
-No, os estaba esperando.
-¿A quiénes? -Preguntó la joven.
Agus creyó percibir que la preguntaba estaba realizada con segundas intenciones,
aunque no tenía claras cuáles podían ser, así que prefirió hacerse la tonta.
-Vete a saber, en esta casa nunca se sabe.
-Preparo la mesa -añadió Clara.
Agus la dejó hacer sin dejar de preparar el café observando de soslayo para cuántos
preparaba la mesa, con pena comprobó que solo lo hizo para ellas.
Se sentaron a la mesa y Agus sirvió las lentejas.
Comieron en armonía, Agus trataba de disimular su inquietud y la joven no parecía
sorprendida por su extrañeza, en cualquier caso, siempre le devolvía una amplia sonrisa
y sus ojos desprendían una ternura que parecía infinita.
Al terminar, Clara recogió la mesa momento que Agus aprovechó para salir de la casa y
comprobar si las gallinas habían vuelto, pero no, el gallinero seguía silencioso y vacío.
Al regresar a la cocina Clara la esperaba sentada a la mesa detrás de un humeante café.
-¿Estás bien, abuela? -Le preguntó.
-No soy tu abuela, soy tu madre.
Clara volvió a sonreír con cariño, y extendió su mano sobre la mesa para agarrar con
firmeza la de Agus.
-No soy Clara -dijo como si hubiera repetido aquella explicación un millón de veces,
pero como si no le importara volver a repetirla otro millón más de veces-, soy Raquel, la
hija de Clara, así que soy tu nieta.
La mirada de Agus buscó la ventana en busca de unas respuestas que sabía que estaban
dentro de su cabeza pero que no era capaz de encontrar.
-Ahora vivimos aquí tú y yo, podemos decir que nos cuidamos mutuamente -añadió
Raquel sin dejar de sonreír a su abuela.
-¿Dónde están todos?
-El abuelo se fue ya hace unos años, pero fuisteis muy felices hasta el final. Se fue en
paz y sin sufrir. Tus tres hijas viven en Madrid, las tres están bien, casadas y tienes en
total cinco nietos, yo soy una de ellos. Vienen a verte casi todos los fines de semana y
preparas comilonas que suelen sobrar y se llevan en táper para el resto de la semana.
-Y el resto del pueblo, está vacío, lo he visto.
-Bueno, casi vacío, quedáis cinco vecinos, y desde hace casi un año estoy yo también.
Además, desde hace unos meses están volviendo a recolectar la resina, por el momento
lo están haciendo con gente de los pueblos cercanos, pero si la cosa va para delante
puede que empiecen a llegar personas de fuera como resineros, ya hay planes para
rehabilitar algunas casas.
Sin tocar el café, Agus se levantó y se dirigió a la puerta de la casa, desde allí miró a su
alrededor tratando de entender.
Su nieta se colocó junto a ella y le volvió a coger de la mano, sabía lo importante que es
el contacto físico en la enfermedad de su abuelita.
-¿Y tú qué haces aquí?
-Huir de la ciudad, de las prisas, el agobio, las hipotecas, los amores de quita y pon y las
amistades superfluas. Intento ganarme la vida pintando, no es fácil pero ya he vendido
algunos, pinto detalles rústicos que parece que vuelven a estar de moda.
-Y así no estoy sola.
-Y así no estoy yo sola -repitió Raquel.
-¿Crees que tengo futuro?
Pues claro que tienes futuro, tú y yo, y el pueblo y aquellos montes. Por aquí
anduvieron El Cid, los Machado y Bécquer entre otros, no solo hay futuro, es que hay
un presente maravilloso que debemos aprovechar cada día.
Una ráfaga de viento frío salió al paso desde lo alto de la calle, y recorrió toda y cada
una de las viejas construcciones hasta pasar por delante de la casa en la que vivían Agus
y Raquel que seguían cogidas de la mano.
miércoles, 7 de agosto de 2019
AÑORANZA DE OTOÑO
Harto estoy de mosquitos
y de noches de calores
ya no quiero más chopitos
ni escuchar los pajaritos
pero en Otoño, no los añores.
y de noches de calores
ya no quiero más chopitos
ni escuchar los pajaritos
pero en Otoño, no los añores.
jueves, 18 de julio de 2019
HE VUELTO A SOÑAR CONTIGO
He vuelto a soñar contigo.
El recuerdo de tus ojos
lo trae la noche
y se lo lleva el viento.
Tus besos fueron tan sinceros
como caducos.
Tus caricias tan eternas
como tu amor imperecedero.
Tu recuerdo perdurará siglos
y aunque no te vuelva a ver
jamás te olvidaré.
miércoles, 10 de julio de 2019
DE MADRID AL CIELO PASANDO POR EL INFIERNO
De Madrid al cielo pasando por el infierno
No es cosa de cobardes ni de valientes,
si no de enajenados.
Un grito desesperado en el silencio de las zancadas.
No hay carga de glucógeno que aliente el desaliento.
Cibeles y Neptuno sonríen desde la quietud.
Futuro de escaleras imposibles y noches de calambres.
Detrás de los keniatas van los esclavos hambrientos.
Marea de muertos vivientes colgando del muro eterno.
Las fascias protestan en cada paso y la espalda tiesa te atraviesa.
Soldados agonizantes sin capitán ni general.
Duelo y hedor,
herramientas flácidas de obreros sin resuello.
No busques atrás lo desandado,
mira el futuro de dolor y gloria.
Agua desparramada junto a coros de ánimo,
sombras de una batalla enajenada.
A la sombra de las Meninas la gloria cuelga del cuello.
De Madrid al cielo, pasando por el infierno.
No es cosa de cobardes ni de valientes,
si no de enajenados.
Un grito desesperado en el silencio de las zancadas.
No hay carga de glucógeno que aliente el desaliento.
Cibeles y Neptuno sonríen desde la quietud.
Futuro de escaleras imposibles y noches de calambres.
Detrás de los keniatas van los esclavos hambrientos.
Marea de muertos vivientes colgando del muro eterno.
Las fascias protestan en cada paso y la espalda tiesa te atraviesa.
Soldados agonizantes sin capitán ni general.
Duelo y hedor,
herramientas flácidas de obreros sin resuello.
No busques atrás lo desandado,
mira el futuro de dolor y gloria.
Agua desparramada junto a coros de ánimo,
sombras de una batalla enajenada.
A la sombra de las Meninas la gloria cuelga del cuello.
De Madrid al cielo, pasando por el infierno.
viernes, 28 de junio de 2019
VEGAN WORLD
PRIMER PREMIO CONCURSO RELATO CORTO DE FANTASÍA NAVALAGAMELLA 2019
VEGAN WORLD
Otra vez su padre regañó a Gustavo por pillarlo jugando con
112.
Se lo habían dicho mil veces, 112 no puede ser su amigo, ni
su mascota, pero nada, él no hacía caso, su madre intentaba justificarlo, al
fin y al cabo, solo tiene seis años, pero su padre se muestra inflexible, si
quiere una mascota tendrá que ser un animal, y si lo que quiere es un amigo que
sea un compañero de la escuela.
Pero Gustavo no quiere un animal como mascota, ya hay muchos
animales sueltos por la calle y algunos le dan miedo, como los jabalíes o los
zorros.
Su hermano mayor le ha dicho que antes se podía cazar a los
animales y que incluso muchos se comían. A él lo de comerse a los animalitos le
da un poco de cosa, en la escuela les han enseñado que todos los animales son
seres conscientes, incluso esas moscas pesadas que dan ganas de aplastarlas con
las zapatillas, pero no se puede hacer eso, te podrían meter en la cárcel si lo
haces.
A él le parece bien respetar a los animales, pero piensa que
hay muchos, demasiados y que deberían estar fuera de las ciudades. Pero en la
escuela les han dicho que los humanos han arrasado sus hábitats naturales por
eso ahora deambulan por las ciudades, aunque Gustavo piensa que si andan por la
ciudad es porque comen los restos de comida de las basuras, que están más ricas
que cualquier cosa que puedan comer en el campo.
En una ocasión su abuelo le dijo que él había comido
animales, que estaban buenísimos, sobre todo el cerdo y las vacas. Y hasta que
había bebido leche de vaca. Gustavo casi vomita del asco, de hecho, ni siquiera
imaginaba que hubiera leche de animal en vez de soja o almendras.
Pero lo que peor llevaba de todo era que no le dejaran jugar
con 112 que al fin y al cabo es un niño como él, sin embargo, sus padres dicen
que no es un niño, que no es más que un clon creado para ser alimento y que por
tanto no tiene derecho alguno, solo es comida.
Y mientras, su abuelo se niega a comer carne, él
sigue diciendo que preferiría comer animales antes que a otro ser humano por
mucho que sea un clon creado en un laboratorio.
Mañana volverá a intentar colarse dónde vive 112 con sus
padres y hermanos para jugar con él, aunque quizás esté triste ya que su madre
le ha dicho que hoy se van a cenar a uno de sus hermanos.
viernes, 14 de junio de 2019
PRESENTACIÓN DE MIS RECUERDOS VIVEN EN TU MIRADA
Su primer libro en más de dos años cuando usted es un
autor prolífico, ¿qué ha pasado en este tiempo?
No ha sido falta de inspiración, las ideas estaban ahí,
brotan sin cesar por fortuna, en este tiempo he comenzado a escribir varias
cosas, pero me faltaban fuerzas para terminarlos ya hí están, inacabados.
Hasta que me encontré con esta historia que volvió a
ilusionarme y a sacar esa fuerza que se necesita para escribir.
Su anterior novela, Los últimos amaneceres, era muy
pesimista, ésta sin embargo es muy optimista, ¿cómo se produce ese cambio?
Son momentos por los que uno pasa por su vida y que se
reflejan a la hora de escribir, en aquel momento estaba ante el final de una
época, ahora estoy en el comienzo de otra, en medio el desierto.
Esta novela es una historia de amor, pero no solo de
pareja, sino de hermanos.
Y de amistad, es más bien una reflexión sobre el amor en la
vida, una especie de grito para que seamos conscientes de que debemos valorar
lo que tenemos, los días pasan ante nosotros y no los valoramos porque creemos
que el tiempo es eterno y sin embargo no es así, le ocurre al protagonista y a
su hermano, de repente se han hecho viejos, el tiempo se les ha pasado y es
momento de recuperar todo lo que han perdido.
Usted persiste en ser un escritor independiente, ¿no le
interesan las editoriales?
No mucho. Las veces que me ofrecen algo son tan acaparadoras
que no me interesan, tengo la suerte de escribir lo que quiero y cuando quiero,
por fortuna tengo unos lectores fieles a los que parece que les gusta lo que escribo
y ellos me han encontrado sin necesidad de ninguna editorial, si publicara con
ellos para leerme tendrían que pagar más de lo que hacen ahora y quizás me
odiaran por ello.
¿Va a volver a publicar varias veces al año o va a tardar
otro par de años?
Eso nunca se sabe, ahora mismo acabo de terminar esta novela
y voy a descansar un poco, además llega el verano y con calor me cuesta más
escribir, ya se verá.
Su libro más famoso es Extinción; zona zero zombie, en
internet es habitual que le soliciten secuelas, ¿se las ha planteado?
Siempre digo lo mismo, por el momento no me ha surgido recuperar
aquella historia, aunque puede que algún día sí ocurra. Esa es la diferencia de
tener un contrato con una editorial, casi seguro que ya me habrían obligado a
escribir varias secuelas, si surge algún día prefiero que sea de forma natural.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)